Sobreponerse a una despedida en un instante

Sí, son las ventanas del edificio de enfrente las que realmente iluminan cuando reflejan el sol a mediodía. Es un reflejo tenue, sólo una pequeña fracción de la luz que se refleja en aquellos cristales de allí. En los días soleados, las columnas de luz que se forman son nítidas y débiles a la vez –qué bien me está quedando esto—, como si el sol se hubiese apocado –no te pases, les vas a espantar— y su emisión fuese el diez por cien de lo que es. ¿Ven aquí esta mancha en el parqué? Es del sol de las doce. Desde la esquina izquierda se ve un triángulo del bosque a través de la ventana. El sillón bajo la ventana es de los años cincuenta, y como pueden ver, está anticuado –¿pero qué estoy diciendo?, es su sillón, no se apartaba de él, llegó a permanecer ahí días enteros sepultado en sus lecturas, da igual lo antiguo que sea—. Todavía queda la cortina, que está posada sobre el sillón –viejo y feo—,  parece un fantasma, ¿no creen?

Discúlpenme, todo esto está muy reciente y no puedo evitar emocionarme. Sigamos por el pasillo. La barra sirve para ejercitarse, pero la pueden quitar si quieren –yo, por supuesto, no lo haría, como no lo he hecho hasta hoy, era su barra—.Como ya les he dicho, no hay muros de carga, las paredes son de cartón yeso aunque gruesas. No van a tener problema si quieren colgar algo. Nosotros teníamos unas fotos de aquel astronauta, ¿cómo se llamaba? –seguro que te acuerdas, eran fotos suyas ¡pero si siempre hablaba de él! Ese hombre enjuto, hijo de granjeros—no recuerdo, no tiene importancia.

Les ruego que sepan disculparme de nuevo, mostrar el piso así me resulta difícil.

Por último queda la cocina. Es pequeña, pero matona, como digo yo –no se te podía haber ocurrido una broma de peor gusto—. Gracias a esta ventana no les va a faltar luz en ningún momento, casi luce por sí sola –y otra, bravo—. Tienen todo lo necesario: frigorífico, horno –está bien, no puedo continuar; todo, absolutamente todo, me recuerda a él—. ¿Podrían irse? Sí, ¿cuándo si no? Me da igual. Miren, hay muchas cosas inesperadas en esta vida. Hay que apechugar. Ni a mí tampoco su opinión. Ya saben dónde está la puerta –ya estoy otra vez, así no voy a venderlo nunca—, no quiero que vuelvan. ¡Claro que no!

Menudo artista estás hecho. Vas a tener que venderlo a través de una inmobiliaria y eso sí que va a ser un caos. Ya verás. Con todo el jaleo que tienes ahora en el trabajo. ¡Ay, se me ha olvidado pedir el carburador para el Ford Fiesta! Otra cosa más que tengo que hacer esta tarde, como si no tuviera suficiente con pasarme por la clínica. Sin pastillas no puedo estar más tiempo, eso sí que no. No sé ni cómo me he controlado, debía haber explotado –aunque ellos no lo merecieran—. Al menos ahora estaría relajado. ¿Y si un día de estos me arranco a puñetazos con un visitante? A ver, voy a por un vaso de agua, vamos a relajarnos.

Al menos el agua está fresca. Un poco dulzona, debe ser algo de las tuberías.

¿Pero qué pasa? ¿Por qué la casa está tan vacía? ¿Y ésta barra de ejercicios en el pasillo, quién la ha puesto aquí? ¿Dónde están todos mis muebles? –todos excepto mi sillón. Mi sillón está ahí—.

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